Kirchnerizarse o no kirchnerizarse, esa es la cuestión para Daniel Scioli

Con inflación alta, cepo y un dólar imparable, el cuadro con el que dejará el poder la Presidente hace tambalear las chances de un triunfo del candidato del Frente para la Victoria. El desafío de hacer oficialismo moderado

Uno de los mayores dilemas que enfrenta un candidato oficialista es la actitud que deberá tomar con el gobierno saliente que él representa. Hay dos situaciones fáciles de resolver: cuando al gobierno le va bien o le va mal. En el primero de los casos se presentará como la continuidad lisa y llana sin cambios ni matices (Reagan-Bush padre en el 88; Kirchner-Cristina 2007, etc.). Si las cosas no están bien, el candidato oficialista no actuará como tal y se sumará a la ola de cambio general (en este caso, no abundan los ejemplos de que aun despegándose del gobierno de turno tengan éxito). La cuestión se convierte en un enigma a resolver si al oficialismo le va regular, entre un presente ni bueno ni malo y un futuro que genera incertidumbre. Ya se sabe cómo se traduce las dudas de los argentinos sobre la economía: compran dólares. Al precio que sea.

A Daniel Scioli, el candidato oficialista, le han dicho con cierto sentido común que: a) el dólar a más de 15 pesos es un «dólar electoral», es decir, que la divisa norteamericana está retrasada con respecto a su cotización oficial pero como para que la brecha sea tan grande; b) que la diferencia entre lo que el dólar blue vale y lo que debiera valer es el precio que paga el inversor por las dudas que tiene sobre el futuro de la economía local. En la campaña presidencial 2007, con una inflación que estaba mucho más controlada que ahora, sin cepo y con perspectivas optimistas sobre el futuro del país, el dólar electoral no entró en escena. Ahora, hay inflación, hay cepo y no hay optimismo.

Por si hacía falta alguna comprobación de este cuadro, los inversores el miércoles salieron corriendo a invertir en bonos del gobierno «atados» al dólar, o sea a una teórica devaluación futura. Poco o nada importa que los candidatos a presidente sean lo más ambiguos posibles al respecto: el mercado cree que el que gane, salvo un milagro, tendrá que devaluar. Y no solo eso: deberá hacer un ajuste fiscal, negociar con los holdouts y restablecer las relaciones con el mundo – léase Estados Unidos y el FMI- para que entren dólares y, si hay lugar para la magia, evitar la devaluación. Todo lo que jamás haría Cristina. Todo lo que Dilma Rousseff prometió nunca hacer y que una semana después de ganar puso en práctica.

De aquí al 25 de octubre, Scioli no puede hacer nada con la inflación. Tampoco con el cepo. Ni viajar a Nueva York a negociar con los holdouts. Pero puede trabajar sobre las percepciones. Puede y debe comenzar a entregar señales sobre lo que sería un eventual gobierno suyo, transitando el extremadamente estrecho sendero entre plantear nuevas ideas económicas sin despegarse del kirchnerismo. El equilibrio no es fácil, ni siquiera para un profesional de la materia como el gobernador bonaerense. Es en este sentido que deben interpretarse las explicaciones que Silvia Batakis, la ministra de Economía provincial, entregó sobre la falta de reservas en el Banco Central.

Si bien fue dicho 24 horas después que Alejandro Vanoli adelantara la misma conclusión -al punto que podría decirse que lo respaldó- no resulta para nada común que en pocas horas, la autoridad monetaria y una de las posibles responsables de la economía en diciembre digan semejante cosa. Lo de Vanoli no tuvo tanta repercusión ni fue tapa de ningún diario. Lo de Batakis sí. La diferencia entre un gobierno que se va y otro que puede venir. Igual, sorprende, el escaso impacto que tuvieron en el mundo de la política las delicadas declaraciones de Vanoli y Batakis. A favor de ellos podrá decirse que el argumento fue usado por ambos para refutar las ideas de Mauricio Macri de liberar el cepo en 24 horas. Son tesis que sostienen que como no hay reservas suficientes para eso, es por lo tanto imposible liberar el dólar en un día. Irreprochable explicación desde lo monetario. Pero peligrosa desde lo político.

Scioli debe sacarse el olor K pero sin deskirchnerizarse mucho.

Una de las primeras conclusiones de los especialistas sobre los resultados electorales del 9 de agosto es la sorpresiva buena elección de José Manuel de la Sota. Analizando la campaña del gobernador cordobés se advirtieron varios ejes. Entre ellos, sobresalió el hecho de que De la Sota hizo en todo el país campañas diferenciadas. No utilizó un lenguaje nacional sino local y regional, en una costumbre aprendida de las diferencias geografías físicas, económicas y políticas de Córdoba. Increíblemente esta estrategia se está usando poco y nada en la actual campaña electoral. Los slogans son los mismos, desde Tierra del Fuego hasta Jujuy.

El problema de las retenciones a las materias primas expone abiertamente las diferentes posturas que cada sector productivo tiene sobre el tema. Condenada la soja a soportar retenciones de por vida, hay sin embargo un sinnúmero de ecuaciones y promesas sobre el resto de los commodities de parte de los candidatos, conscientes de que por primera vez en muchos años el voto del campo está dispuesto a abandonar en serio al Frente para la Victoria a otras alternativas. En el caso del interior bonaerense a Cambiemos, en su versión Macri-Vidal.

Qué debe, entonces, hacer Scioli, frente a una economía que camina en forma errante? Los números macros están mal, pero todavía no se traducen en complicaciones graves y serias para un ciudadano común, acostumbrado a los desequilibrios y a convivir con la inflación. Los estudiosos de la crisis del 2001 señalan que una generación entera asimiló la lección de que lo peor que puede pasar en la vida de un argentino no es sufrir el aumento de los precios constante, el crecimiento del déficit fiscal o la falta de crédito, sino el desempleo, una de las consecuencias sociales más profundas de aquella crisis. Y que en tanto mantengan el trabajo, aunque en el balance anual el sueldo crezca en términos reales menos que la inflación, los asalariados pueden mostrar niveles increíbles de tolerancia. Este cuadro explica, en parte, los casi 39% que obtuvo Scioli en las PASO del 9 de agosto.

El dilema, de esta manera, se reduce a si el candidato debe mantenerse en la misma baldosa que lo dejó a poco más del 6% de la victoria en la primera vuelta o modificar su campaña. A juzgar por los primeros movimientos, la idea original era deskirchnerizarse en privado, pero no en público. Las inundaciones, el viaje a Italia y todo el conventillo posterior desacomodaron a una campaña oficialista que hacia el fin de esta semana volvió a encontrarse su cauce.

Con menos del 40%, fue el candidato peronista con menos votos en la provincia de Buenos Aires desde 1946.

Una teoría apresurada podría concluir que Scioli debería sacarse de encima el olor K, en función de la pobre performance en Capital Federal, Córdoba y el interior bonaerense pero que al mismo tiempo debe deskirchnerizarse -pero no mucho- para mejorar en el primer cordón del conurbano. Sin embargo no todo es tan lineal, porque en el segundo y tercer cordón debe ser un Scioli K puro y al mismo tiempo mantenerse como un candidato peronista clásico en el NEA y NOA y en la Patagonia. Y como si todo esto fuera poco, dar señales a los mercados de que ha leído a John Keynes, que escucha a Mario Blejer y que le gusta más Washington que Caracas.

Lo que parecen ser soluciones mágicas –deskirchnerizarse o lo contrario, seguir siendo un ultra K- en realidad pueden no ser tales. Porque curiosamente Scioli ganó y prácticamente empató en dos provincias claramente adversas al mundo K como Santa Fe y Mendoza y no le fue tan mal en Capital, con sus casi 25% -las encuestas le daban menos. Peor aún: las derrotas locales del peronismo en Mendoza y Rio Negro fueron explicadas como consecuencia del cansancio de los productores de materias primas contra el gobierno central, situación que ahora se visualiza en Salta y Tucumán. De todas formas, en las cuatro provincias un Scioli K acompañado por Carlos Zanini de vice ganó en tres y empató en la cuarta.

Siguiendo esta lógica, el Scioli K tendría que haber hecho una gran elección en la provincia de Buenos Aires, sobre todo en la geografía más puramente peronista de todo el país, la Tercera Sección Electoral, la franja suroeste del GBA. Pero sucedió todo lo contrario: con menos de 40% fue el candidato peronista que menos votos cosechó a nivel provincial desde 1946.

Para ser presidente, Scioli deberá mostrar que tiene la aptitud y la actitud para armar este rompecabezas. No es fácil ni sencillo. Nadie dijo que esta campaña electoral lo fuera. Pero en términos deportivos, si las elecciones fueran un campeonato, las mayores posibilidades de triunfar las tiene el equipo que alcanzó el 38.4% de los votos. Todavía Scioli depende de Scioli. Si no gana en primera vuelta, entonces si comenzarán a jugar el destino, la suerte personal y Mauricio Macri

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